La flora de Doñana

Marisma. J.M.Reyero

La situación geográfica del Parque Nacional de Doñana, al suroeste del continente europeo, y la compleja historia geológica y botánica de la región andaluza, determinan la presencia de una flora muy diversa y singular. Así, aunque en Doñana predomina la flora mediterránea, también podemos encontrar plantas atlánticas como el brezo de ciliosos y la camarina; íberoafricanas como la hierba tumera; exclusivas del suroeste de la península ibérica como el escobón; eurosiberianas como el mordisco de rana, o representantes relictos de bosques terciarios como el helecho real, abundante en épocas antiguas y hoy reducido a pequeñas áreas. Los catálogos más recientes recogen más de 1.300 especies de plantas vasculares y helechos en la Comarca de Doñana.

La diversidad de ambientes de Doñana la convierte en una zona con especies muy peculiares y diferentes, y un número relativamente alto de endemismos, es decir, especies que solo existen en una zona limitada a nivel mundial. Las dunas y arenales costeros son el hábitat de endemismos como la Linaria tursica, una florecilla diminuta que se alza apenas 15 centímetros del suelo entre las dunas, o la clavellina de Doñana .También encontramos endemismos en enclaves muy reducidos de Doñana, como la Rorippa valdes- bermejoi, que vive únicamente en los bordes del Arroyo de La Rocina, o un cardo que sólo habita en algunos arenales de los bosques de Doñana, el Onopordum hinojense.

El principal factor físico que condiciona la distribución de la vegetación en Doñana es el tipo de sustrato, que divide el territorio en suelos arenosos, en su parte norte y occidental, y la marisma de suelos arcillosos, al sur y el este. Dentro de estas dos áreas se distingue a su vez una gran variedad de comunidades vegetales, condicionadas por la distancia al agua subterránea, la cercanía al mar y la salinidad.

A su vez, la elevada superficie ocupada por humedales temporales, entre los que se incluyen lugares higroturbosos, genera hábitats que albergan especies y comunidades de plantas acuáticas o ligadas al agua, de gran singularidad.

La vida de las plantas en las arenas

Si comenzamos nuestro itinerario botánico al borde del mar, las primeras especies que encontraremos son aquellas pioneras que colonizan las dunas móviles. El barrón, ampliamente usado en la construcción de chozas, forma plumeros en pequeños acúmulos de arena a escasos metros de las últimas olas. Un poco más adentro, la armeria o clavellina ofrece rosados tapices en primavera, a los pies de la primera línea de enebros marítimos. El enebro, un arbusto o pequeño árbol perfectamente adaptado al movimiento de las dunas, se eleva a la vez que va formando un montículo al atrapar la arena con sus raíces. Esta estrategia permite al enebro marítimo sobrevivir al movimiento de las arenas y no sucumbir bajo su peso. El Parque Nacional de Doñana cuenta con la mayor población española de esta subespecie de enebro, ya que en otros puntos del litoral atlántico y mediterráneo ha desaparecido o está muy degradada por la urbanización y el desarrollo desordenado de las costas.

Junto al enebro, desde lo más alto de la duna, vemos cómo se extiende un corral. Los corrales son depresiones interdunares, que dan cobijo al pino piñonero, al matorral e incluso a juncales en las zonas más bajas y húmedas.

A medida que el viento foreño, proveniente del mar, pierde fuerza y las arenas dejan de moverse, comienza el territorio de las arenas estabilizadas  o cotos, donde la distancia desde el suelo al agua subterránea da lugar a comunidades vegetales bien diferenciadas

Las sabinas están situadas en las zonas más elevadas y secas del manto arenoso, formando bosquetes. A medida que el suelo desciende y la capa freática es más cercana, surge el monte blanco o jaguarzal. Aquí la capa freática está a mayor profundidad, y las especies más representativas pertenecen a las familias de las jaras, aulagas y aromáticas propias del matorral mediterráneo, como el romero, tomillo y lavanda, que principalmente en primavera y verano florecen, salpicando de color el monte. Donde la capa freática y la superficie del suelo están más cerca crece el monte negro o brezal.

Cuando los árboles aparecen se configuran diferentes tipos de bosques. El alcornocal es la vegetación potencial en el ecosistema de arenas estables con cierto grado de humedad. Sin embargo su presencia es muy escasa. Solo quedan en Doñana bosquetes aislados, situados principalmente en la vera y en la zona norte del Parque Nacional. En las zonas más húmedas, junto al alcornoque aparecen los helechos. Acebuches y piruétanos acompañan a los alcornoques en otras ocasiones. Cuando el alcornoque empieza a escasear, el matorral alto y denso típico del monte mediterráneo prospera, con palmitos y mirtos, localmente llamado arrayán.

El pinar de pino piñonero es actualmente el arbolado más abundante en Doñana. El piñón supone una fuente de ingresos muy importante para muchas familias, así como un recurso alimenticio para muchos animales.

La vida de las plantas en la marisma

La marisma, en sus suelos de arcilla y limos, guarda el sabor salado del Guadalquivir. Por eso las aguas dulces de la lluvia o arroyos y caños, en contacto con la arcilla, adquieren diferente grado de salinidad.  Por otra parte, los microrelieves  marismeños y su cercanía a los cauces de agua hacen que la duración de las inundaciones sea diferente. Estos dos factores, salinidad y permanencia de las aguas, definen el crecimiento de diferentes tipos de plantas.

La vegetación de la marisma dulce o marisma de castañuela. En las zonas de ma-risma donde el aporte de agua dulce es mayor  y permanece durante más tiempo, predominan la castañuela y el bayunco. La castañuela sigue siendo una especie muy usada para la construcción de las chozas, y su rizoma, o tallo subterráneo, forma parte de la dieta de los invernales ánsares comunes.  

La vegetación de la marisma salada o marisma de almajo. Son las zonas ligeramente más elevadas donde el aporte de agua dulce es menor y la salinidad del suelo mayor. Las plantas dominantes son los almajos, que se recolectaban y utilizaban para la obtención de jabón, combinando su ceniza con sosa caustica.

Pequeños reductos de una vegetación particular

La diversidad ecológica del Parque Nacional de Doñana permite que se den algunas comunidades de plantas restringidas a zonas muy concretas.

La vegetación sumergida de marismas, lagunas y arroyos. Formada por una variedad de plantas acuáticas, sumergidas o flotantes. En la zona se conoce comúnmente como “Porreo”.

La vegetación de lagunas temporales o permanentes de agua dulce. Las lagunas y charcos de agua dulce de las zonas arenosas presentan en sus orillas bayuncos, eneas y lirios acuáticos, y en su interior, especies flotantes que prácticamente se han extinguido en Doñana, como el nenúfar amarillo, o son ya muy escasas como el nenúfar blanco. En algunas de estas lagunas se conservan especies relictas, amenazadas, muy escasas o extinguidas en el resto de la Península Ibérica y Europa, como el Hydrocharis morsus-ranae en aguas permanentes, y Caropsis verticillatinundata o Avellara fistulosa en lagunas temporales.

El bosque en galería de bordes de arroyos. Destaca el bosque de ribera del Arroyo de la Rocina, que posee una gran importancia como bosque relíctico. Además de las especies de sauces, fresnos y álamos, destaca la presencia del endemismo ibérico arraclán o sanguino, que posee gran importancia como indicador de riberas bien conservadas, y constituye la única población existente en zonas tan meridionales de la Península Ibérica y en tan baja cota.

Es fácil deducir que una flora tan dependiente del agua subterránea y de las aguas superficiales como la del Parque Nacional de Doñana, tenga en la pérdida o alteración de la calidad y cantidad de éstas su amenaza más importante. Sin embargo, existen otros riesgos como los derivados de los ungulados silvestres y domésticos (ciervos, gamos, jabalíes, vacas y caballos) que viven en Doñana: con su pisoteo pueden degradar sus hábitats y el exceso de herbivoría afecta a menudo a sus poblaciones, por lo que es necesario aplicar medidas de gestión para protegerlas.

La presencia de especies exóticas invasoras puede suponer una amenaza a las autóctonas, ya que las desplazan de sus hábitats naturales, que como hemos visto, pueden ser muy reducidos incluso a nivel mundial.

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