Se ha dicho que Menorca es una isla a la medida del hombre. Contribuyen a esta percepción factores como la equilibrada disposición de los asentamientos humanos tradicionales, y el paisaje minuciosamente trabajado del entorno rural.
Sensación que, aunque intuitiva, hace percibir que la isla tiene una cierta capacidad de carga y, en cierto modo, alimenta el arraigo de la población menorquina a su isla, lo que ayuda a entender la complicidad social con la que han contado las iniciativas de protección de su patrimonio natural.
Según el indicador de presión humana que calcula el Observatorio Socioambiental de Menorca (OBSAM),la población de los meses de invierno es de 80.000 habitantes (2011), y el máximo de población se alcanza en verano, con cerca de 152.000 personas entre turistas y residentes. Antes de redactar y aprobar el vigente Plan Territorial Insular (2003), el desarrollo de los planeamientos urbanos municipales situaba la capacidad de acogida de la isla en 400.000 personas. Tras su aprobación, los ocho planeamientos municipales se han adecuado a un modelo insular de desarrollo socioeconómico más sostenible, y rebaja la capacidad de acogida potencial de la isla a 10 años vista, situándola ligeramente por encima de los 200.000 habitantes (OBSAM, 2003).
Auge del turismo
Hasta los años 80, la economía menorquina estaba relativamente equilibrada entre dos sectores: el agrícola (con la producción de leche y queso) y el industrial (principalmente la bisutería y la fabricación de calzado). Es a partir de esta década cuando empieza en Menorca, con cierto retraso respecto al resto de Baleares, el auge del turismo masificado, que busca 'sol y playa'. El volumen de turistas supera el millón de personas, y ello desencadena un consumo territorial de difícil control, con impactos ambientales no por predecibles menos negativos: aumento del consumo de agua, importante generación de residuos, alteración del paisaje tradicional, etc. Sin embargo, subsiste parte de la actividad agrícola e industrial, aunque con cierta dificultad, y Menorca sigue manteniendo un paisaje sensiblemente distinto, por menos alterado, al de las islas vecinas.