Teide: Valores naturales

 

El Parque Nacional del Teide es un espacio natural excepcional, tanto por su singularidad geológica como por la riqueza de sus comunidades. Situado en el centro de la isla de Tenerife, este parque representa una muestra destacada de los sistemas naturales de alta montaña macaronésica. Su paisaje volcánico, resultado de millones de años de actividad, está formado por una gran diversidad de estructuras y materiales que permiten entender mejor la evolución geológica de las Islas Canarias. La combinación de altitud, suelos jóvenes y clima extremo ha dado lugar a condiciones únicas que han favorecido la aparición de formas de vida altamente especializadas. El Parque alberga una notable diversidad de especies animales y vegetales, muchas de ellas exclusivas de Canarias o incluso del propio parque. Esta biodiversidad, discreta pero valiosa, se ha adaptado a condiciones ambientales muy exigentes, desarrollando estrategias de supervivencia sorprendentes. La protección de este espacio permite conservar no solo un paisaje de gran belleza, sino también un conjunto de procesos ecológicos y geológicos fundamentales. El Parque Nacional del Teide es, en definitiva, un ejemplo de equilibrio natural y un referente en la conservación de entornos volcánicos de alta montaña.

Un sistema natural es el conjunto de elementos y procesos biológicos, geológicos y climáticos que interactúan entre sí en un territorio. A través de su evolución libre a lo largo del tiempo, estos componentes configuran un paisaje característico y una ecología propia, que hacen de ese entorno un espacio singular, reconocible y único. La finalidad de la Red de Parques Nacionales es garantizar la conservación de una muestra representativa de los principales sistemas naturales de España, para legarlos en buen estado a las generaciones futuras. Por ello, un espacio solo puede ser declarado parque nacional si alberga sistemas naturales claramente representativos, que cuenten con especies, hábitats y paisajes propios del sistema que pretende representar. En el Parque Nacional del Teide se encuentran representados cinco sistemas naturales, lo que refuerza su valor ecológico y su papel clave dentro de la Red.

Sistemas naturales singulares de origen volcánico

 

 

18.833,03 ha

Matorrales supraforestales, pastizales de alta montaña, estepas leñosas de altura y cascajares

 

 

11.431,41 ha

Pinares, sabinares y enebrales

 

 

1.845,44 ha

Formaciones y relieves singulares de montaña y alta montaña

 

 

491,12 ha

Cursos de agua y bosques de ribera

 

 

4,16 h

El Parque Nacional del Teide es uno de los paisajes volcánicos más espectaculares del planeta. A más de 2.000 metros de altitud, en el centro de Tenerife, se extiende un entorno modelado por millones de años de actividad volcánica. Lavas, cenizas, conos, tubos y grandes bloques rocosos forman un escenario natural que no solo asombra por su belleza, sino también por su valor científico.

Las erupciones que han dado forma al Parque han sido de dos tipos: explosivas, que lanzan fragmentos de roca al aire (piroclastos), y efusivas, en las que la lava fluye por la superficie (coladas de lava).  Como cabe esperar, en las erupciones volcánicas generalmente ocurren de forma simultánea la emisión de coladas de lava y piroclastos, aunque generalmente predomina una de ellas.

Los materiales expulsados en forma sólida se llaman piroclastos. Según su tamaño, se clasifican en cenizas (menos de 2 mm), lapilli o picón (2 a 64 mm), escorias (grandes y porosas) y bombas volcánicas (más grandes y redondeadas). Estos fragmentos forman conos, cubren superficies y modifican el relieve, influidos por el viento durante su caída.

Además de diferentes formas y tamaños, las rocas del Parque también tienen distintas composiciones dependiendo del tipo de magma y de las condiciones de la erupción. Las más comunes son los basaltos, oscuros y duros. Las fonolitas, menos frecuentes, son verdosas o azuladas, muy compactas. El lapilli con esta misma composición, muy gasificado y enfriado rápidamente, forma lo que llamamos comúnmente «piedra pómez». 

Las coladas de lava se clasifican según su forma y textura. Las más comunes en el Parque son las coladas aa, conocidas como malpaíses. Estas lavas viscosas generan superficies irregulares y afiladas, difíciles de transitar. Avanzan lentamente y se enfrían a temperaturas relativamente bajas. Las pahoehoe  más fluidas, crean superficies lisas y onduladas. De hecho, Pahoehoe es una palabra de origen hawaiano y significa «que puedes caminar descalzo sobre ello». En Canarias a este tipo de coladas se les llama lajiales.

 Por último, las coladas en bloque que son las más difíciles de apreciar desde tierra y más evidentes desde el aire. Se forman cuando coladas de gran volumen y alta viscosidad se fragmentan en bloques enormes. Un ejemplo se encuentra en Montaña Rajada, donde se aprecian grandes fragmentos desplazados lentamente.

Los tubos volcánicos son túneles formados durante una erupción. La parte externa de la colada se enfría primero y forma un conducto natural por donde sigue fluyendo lava caliente. Al cesar la erupción, el conducto puede quedar vacío y formar galerías subterráneas. Algunos permiten incluso caminar por su interior.

Los conos volcánicos se forman por la acumulación de piroclastos alrededor de la chimenea eruptiva. Su forma varía en función del tamaño del material, el viento y la intensidad de la erupción. Son abundantes en el Parque, como Montaña Mostaza, Arenas Negras o Montaña de los Tomillos. A menudo se agrupan formando campos de conos. Cuando el magma es muy espeso, puede formar un domo volcánico, una estructura redondeada que apenas fluye y se apila en el lugar de emisión. Montaña Rajada es un buen ejemplo de este fenómeno.

Los roques son bloques de lava solidificada que han resistido la erosión. En el Parque, los más conocidos son los Roques de García, restos del antiguo edificio volcánico que ocupaba Las Cañadas. Separan físicamente las dos grandes semicalderas del parque. El más famoso, el Roque Cinchado, no es un pitón volcánico, sino una acumulación de capas de distinto tipo, modeladas por la erosión diferencial. Su forma inconfundible lo ha convertido en símbolo de Tenerife y del Parque Nacional, e incluso apareció en el antiguo billete de mil pesetas.

En la cima del Teide se observan fumarolas, escapes de vapor de agua, dióxido de carbono y compuestos de azufre. Estos gases tiñen las rocas de amarillo y aceleran su descomposición. Sin estas emisiones, el cono del Teide sería mucho más oscuro, como las lavas recientes que se encuentran a menor altitud.

Aunque la mayoría de la actividad volcánica del Teide es antigua, en 1798 se produjo una erupción histórica dentro del Parque, conocida como la de las Narices del Teide. Duró 99 días y tuvo lugar en las laderas del Pico Viejo. Se abrieron varias bocas eruptivas y se emitieron grandes cantidades de lava. Las bocas más altas fueron explosivas, mientras que las más bajas emitieron coladas fluidas. La lava descendió por la pendiente sin superar la pared del circo, pero formó un amplio malpaís en la Cañada de Chavao. Otras erupciones, aunque fuera de los límites actuales del Parque, como las de Siete Fuentes (1704), Garachico (1706) o Chinyero (1909), están relacionadas con el sistema volcánico central del Teide y ayudan a entender su evolución.

En definitiva, el Parque Nacional del Teide es un auténtico museo geológico al aire libre. Conos, coladas, roques, tubos y domos nos permiten leer en el paisaje la historia volcánica que ha modelado Tenerife. Cada forma del terreno, cada tipo de roca, cuenta una parte de esa historia. Visitar el Parque es asomarse al corazón de un volcán y descubrir cómo el tiempo, el fuego y la tierra han creado uno de los entornos naturales más singulares del mundo.

A pesar de sus condiciones extremas —altitud, clima seco y gran exposición solar—, el Parque Nacional del Teide alberga una fauna sorprendentemente rica y diversa. Muchas de sus especies son endémicas, es decir, solo viven en Canarias o incluso exclusivamente en este parque, lo que convierte su conservación en una prioridad. 

Uno de los grupos más importantes es el de los invertebrados, especialmente los artrópodos, que incluyen insectos y arañas. En el parque se han catalogado más de 1.000 especies, muchas de ellas desconocidas anteriormente por la ciencia. Algunas se encuentran en hábitats muy singulares como los tubos volcánicos, donde reinan la oscuridad, la humedad y la estabilidad térmica. Allí viven especies únicas, como la araña (Dysdera gollumi), adaptada a la vida subterránea con patas largas, pérdida de pigmentación y visión reducida o ausente. 

Las zonas con mayor vegetación, especialmente aquellas con matorrales de codeso son las más ricas en biodiversidad. Allí podemos observar mariposas como el manto de Canarias (Cyclyrius webbianus), y escarabajos como los del género Pimelia.

Entre los reptiles, destaca el lagarto tizón (Gallotia galloti), muy abundante y fácilmente visible. También están presentes el perenquén (Tarentola delalandii delalandii) y la lisa (Chalcides viridanus viridanus), todos ellos característicos de Canarias. 

En cuanto a aves, la más emblemática es el pinzón azul del Teide (Fringilla teydea teydea), exclusivo de Tenerife. Se pueden ver además otras especies como el cernícalo vulgar canario (Falco tinnunculus canariensis), el bisbita caminero (Anthus berthelotii berthelotii), la lavandera cascadeña (Motacilla cinerea canariensis), el mosquitero canario (Phylloscopus canariensis), el herrerillo canario (Cyanistes teneriffae), el canario (Serinus canaria) y el alcaudón real (Lanius excubitor koenigi). Todas están adaptadas a las condiciones del parque y, en muchos casos, tienen comportamientos muy particulares. 

Dentro de los mamíferos, los únicos verdaderamente autóctonos son los murciélagos, ya que fueron capaces de llegar volando a las islas. En el parque se han identificado cinco especies: el murciélago de Madeira (Pipistrellus maderensis), el murciélago montañero (Pipistrellus savii), el nóctulo pequeño (Nyctalus leisleri), el orejudo canario (Plecotus teneriffae) y el murciélago rabudo (Tadarida teniotis), todos ellos insectívoros. 

Otras especies como el conejo (Oryctolagus cuniculus) o el muflón (Ovis aries musimon) fueron introducidas por el ser humano y, al no tener depredadores naturales, suponen una amenaza para la vegetación del parque. Por ello, se aplican programas de control de sus poblaciones. 

La fauna del Parque Nacional del Teide, aunque discreta a primera vista, es de un valor extraordinario. Adaptada a un entorno exigente, constituye uno de los tesoros naturales más importantes de este espacio protegido. 

Pimelias

(Pimelia spp)

Mariposa manto de las canarias

(Cyclyrius webbianus)

Pinzón azul

(Fringilla teydea ssp.teydea)

Araña

(Dysdera gollumi)

Herrerillo canario

(Cyanistes teneriffae teneriffa)

Bisbita caminero

(Anthus berthelotii)

Lagarto tizón

(Gallotia galloti)

Perenquén común

(Tarentola delalandii delalandii)

Orejudo canario

(Plecotus teneriffae)

El Parque Nacional del Teide alberga una de las floras más singulares de Canarias. A pesar de las condiciones extremas —altitud, sequedad, gran insolación, suelos volcánicos jóvenes y fuertes oscilaciones térmicas— este espacio natural protegido cuenta con una gran variedad de especies vegetales. 

En el Parque se han catalogado 139 especies de plantas superiores. Más de un tercio son endémicas canarias, y cerca de 50 solo viven en el parque o sus alrededores. Esta riqueza vegetal se debe, en gran parte, al aislamiento de las islas y a la diversidad de ambientes debido a la altitud. 

La vegetación dominante en el Parque se conoce como Matorral de Cumbre, un conjunto de arbustos resistentes al viento, la sequía y los suelos pobres. La especie más representativa es la retama del Teide (Spartocytisus supranubius), un arbusto  que en primavera se cubre de flores blancas y rosadas, perfumando el aire y transformando el paisaje. Le acompaña a menudo el codeso del pico (Adenocarpus viscosus), de flores amarillas. 

Muchas de estas plantas tienen adaptaciones especiales para sobrevivir: formas redondeadas para reducir la pérdida de agua, hojas pequeñas o cubiertas de pelillos que las protegen del sol, y una alta producción de semillas para asegurar la reproducción en un medio tan difícil. 

Existen diferentes ambientes dentro del parque, que condicionan la vegetación. En los malpaíses —antiguas coladas de lava— crecen plantas resistentes como el alhelí del Teide (Erysimum scoparium), la margarita del Teide (Argyranthemum teneriffae) o el cabezón (Cheirolophus teydis). En las llanuras de Las Cañadas, donde se acumula agua temporalmente, se encuentran especies como el rosalillo de cumbre (Pterocephalus lasiospermus) y la hierba pajonera (Descurainia bourgeauana). 

En los escarpes y piedemontes sobreviven las pocas especies arbóreas naturales del Parque: el cedro canario (Juniperus cedrus) y el pino canario (Pinus canariensis). También crecen suculentas como los bejeques y especies llamativas como el tajinaste rojo (Echium wildpretii), que desarrolla una espectacular inflorescencia de hasta tres metros de altura cubierta de flores rojas. Otro tajinaste singular es el tajinaste picante (Echium auberianum), de flores azules y hábito más herbáceo. 

La planta más emblemática es sin duda la violeta del Teide (Viola cheiranthifolia), que florece por encima de los 2.500 metros, incluso cerca de la cima del Teide, en condiciones extremas. Es una de las pocas especies que crecen por encima de los 3.000 metros en España. 

Gracias a la protección del parque, muchas de estas plantas han podido recuperarse tras décadas de presión humana. Hoy, la flora del Teide es uno de sus mayores tesoros naturales, una muestra de resistencia y adaptación en uno de los paisajes más singulares del planeta. 

Retama del Teide

(Spartocytisus supranubius) 

Codeso del pico

(Adenocarpus viscosus) 

Violeta del Teide

(Viola cheiranthifolia)  

Tajinaste rojo

(Echium wildpretii)

Hierba pajonera

(Descurainia bourgeauana)

Rosalillo de cumbre

(Pterocephalus lasiospermus)

Margarita del Teide

(Argyranthemum teneriffae) 

Cabezón

(Cheirolophus teydis)

Cedro canario

(Juniperus cedrus)