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Parque Nacional de la Caldera de Taburiente

Red de Seguimiento del Cambio Global [Foto: Raul Martín Martín]

El clima en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente

Está condicionado por su latitud, el sistema de circulación de los vientos alisios, su altitud y relieve, la cercanía del continente africano y la corriente fría del Atlántico.

Podemos generalizar sus ligeras variaciones climáticas en función de la altitud: en sus zonas bajas a 400-800 m no hay heladas, llueve poco y casi nunca tiene nieblas; en su zona media entre los 1000-1500 m hay temperaturas más contrastadas y aunque nunca suele helar, presenta abundantes nieblas; por encima de los 1.500 m son menos habituales las nieblas y las temperaturas son más frescas y por encima de los 2.000 m suele nevar todos los años en invierno. 

Actualmente, tres estaciones meteorológicas del Gobierno de Canarias recogen datos para el Seguimiento del Cambio Global en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente.

Estaciones meteorológicas en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente

El viento del norte en invierno lleva nieblas frías, a bajo cero, a las cumbres más altas, que al contacto con las rocas, plantas o instalaciones se congelan formando banderas de hielo a barlovento en un fenómeno conocido como cencellada. Esos días las temperaturas pueden alcanzar incluso los 10°C bajo cero. 

Las diferencias de altitud en el parque nacional provocan que las temperaturas, precipitaciones y nieblas varíen notablemente de unos puntos a otros. Las cumbres se caracterizan por la baja humedad relativa, con lluvias torrenciales en otoño e invierno, alcanzando precipitaciones de más de 1.000 mm en tan solo tres días, y luego períodos de calor y gran sequía. 

La orientación de la Caldera con exposición oeste y bordeada de picos de gran altitud, hace que el influjo de los vientos habituales del noreste, cargados de humedad, no la afecten. La corriente marina fría que pasa por Canarias, junto a los vientos alisios húmedos que vienen encima de ella, hace que las temperaturas no alcancen usualmente los niveles que tienen territorios de igual latitud como los del desierto del Sahara. En verano es frecuente que la niebla cubra sectores medios del parque y por encima el sol brille intensamente. 

A la isla de La Palma, de vez en cuando, llegan vientos saharianos cálidos, secos y con polvo en suspensión (calima), que elevan las temperaturas y pueden dañar seriamente la vegetación.

El clima condiciona la biodiversidad

La Caldera de Taburiente, a vista de pájaro, aparece como un circo de cumbre de 8 km de diámetro; la acción de múltiples erupciones volcánicas, grandes deslizamientos, la fuerza erosiva del agua y el tiempo han ido modelando su geomorfología, convirtiéndola en un escarpado paisaje con casi 2.000 m de desnivel con una red de arroyos y torrentes espectaculares. En el interior de la Caldera, en sus profundos barrancos, salientes roques y verticales paredes, crece un universo vegetal y animal único en el mundo que incluye un gran número de endemismos canarios.

El parque acoge diferentes tipos de comunidades vegetales muy adaptadas a este espacio abrupto: la más visible y característica es el pinar canario, pero también es el paraíso de plantas rupícolas, habitantes de paredes más verticales, y de otras especies de cumbres. En las zonas favorecidas por el agua crece una interesante flora hidrófila. Otras plantas llegaron de la mano del hombre. 

El pinar domina ampliamente el territorio agreste de laderas abruptas, surcado por profundos barrancos. La escasez e irregularidad de las lluvias no parecen afectarle pues desarrolla largas raíces que alcanzan el agua hasta estratos profundos; Sólo el frío de las cumbres y las paredes más verticales limitan a este árbol tan notable que puede alcanzar hasta 60 m de altura y vivir más de 500 años. Sus hojas finas concentran las nieblas regando su propio pie. Su resistencia al fuego le permite resistir el calor de las llamas sin perecer, gracias a la protección que su gruesa corteza ofrece a las yemas durmientes. Tras el incendio brotan en pocos días azulados renuevos que reponen las copas, aunque los troncos sigan ennegrecidos. A pesar de la frecuencia de incendios, la isla se beneficia de esa capacidad de rebrotar de los pinos y del rápido crecimiento de los matorrales. No obstante, la pérdida de suelo por erosión es altísima, dadas las fuertes pendientes y las lluvias torrenciales que llegan en los inviernos. 

Esta facultad de rebrotar tras el fuego también la poseen otras plantas como faya, brezo y helecho; pero especies más abundantes como amagante, corazoncillo y codeso tienen semillas que estimuladas por el calor o la luz, germinan en gran número cubriendo rápidamente el suelo entre las plantas calcinadas. En pocos años el pinar vuelve a tener suficiente madera combustible para que la propagación del fuego sea fácil, y el ciclo vuelva a comenzar. 

Los pinares del parque, en apariencia uniformes, difieren según el sotobosque o vegetación que acompaña al pino. Los más comunes, los pinares con amagante y corazoncillo, plantas muy favorecidas por los incendios forestales. La primera es un arbusto perenne de flores grandes rosadas, y la segunda una matita exclusiva de los pinares palmeros que florece con profusión la segunda primavera tras el paso del fuego. La presencia de brezos en el sotobosque nos indica situaciones húmedas del pinar, siendo frecuentes al pie de los enormes escarpes rocosos de La Caldera, donde se condensan las nieblas con regularidad. La zona de Los Brecitos es representativa de esta variedad de pinar húmedo.

En los pinares de mayor altitud, el codeso -leguminosa arbustiva endémica de las cumbres canarias- acompaña al pino y también se extiende en solitario por los territorios más elevados por encima del límite del pinar.

Los pinares más bajos se caracterizan por la presencia del escobón, de perfumadas flores blanquecinas, que se beneficia de las temperaturas suaves de la zona. Otras muchas especies completan el cortejo florístico de los pinares del parque; el tajinaste azul, la salvia blanca, el tagasaste y la gacia son las más típicas. Todas ellas florecen en primavera ofreciendo al pinar la nota alegre de sus atractivos colores y delicados perfumes. En la época de lluvias el suelo del pinar se recubre con numerosas plantas anuales que tapizan de verde la capa de hojarasca seca. Son gramíneas y leguminosas diversas que aprovechan la época húmeda para completar su ciclo vital desde la germinación hasta la formación de frutos y semillas. 

La escasez de especies, y de cobertura de plantas en los sotobosques de los pinares de La Caldera y del resto de Canarias está más afectada por los herbívoros introducidos por el hombre que por la competencia entre el pino y el resto de las especies o por la frecuencia de incendios. 

En los riscos y paredes más escarpadas del parque, donde el pinar apenas tiene acceso, es el espacio para la comunidad de plantas rupícolas que es extraordinariamente rica y variada tal vez el mejor conservado del parque por ser de difícil acceso para los herbívoros y apenas sufre el castigo del fuego. Para superar la larga sequía que afecta a este medio rocoso, algunas especies acumulan agua en sus hojas durante la época de lluvias, dosificándola en los meses secos. Así lo hacen los abundantísimos bejeques que pueblan estos riscos, plantas crasas de hojas arrosetadas y floración espectacular, tal vez las mejor adaptadas a estos enclaves verticales. Otras especies de los roquedos se desprenden de sus hojas en la época seca reduciendo así su superficie transpirante. Es el caso de los llamativos lechugones o cerrajones, vegetales de aspecto arcaico, también muy extendidos en estos ambientes. Sobre los riscos, resaltan ejemplares centenarios de cedros canarios, que a veces muestran sus raíces al aire reflejando las dificultades para mantenerse en este medio tan inestable. 

Con las primeras lluvias, las paredes rocosas, sobre todo las más umbrías, se recubren de la noche a la mañana con un fino tapiz verdoso apreciable a simple vista desde lejos. Se trata de musgos y líquenes que se hinchan tras recibir el agua.

La vegetación de las cumbres es capaz de soportar los rigores climáticos de la altura. Aquí el verano es seco y largo, siendo la radiación solar muy intensa gran parte del año. El invierno es duro donde soplan, a menudo, vientos fríos que dejan a su paso hielo y nieve. La vegetación típica es un intrincado matorral dominado por el codeso. El pinar y la mayoría de sus especies características, incapaces de soportar tan adversas condiciones, quedan relegadas a cotas más bajas. 

En el matorral de cumbre donde domina el codeso, encontramos la retama blanca, el retamón amarillo oro, el tajinaste azul genciana, el tajinaste rosado, el tagasaste, la violeta y otras que florecen escalonadamente desde la primavera. El codeso, muestra todo su esplendor a comienzos del verano, cuando su abundante floración tiñe de amarillo el paisaje. La espectacular floración de estas especies responde a la necesidad de conseguir muchas semillas, ya que los individuos recién nacidos tienen pocas probabilidades de supervivencia. 

El espeso codesar es producto de la influencia del hombre, con sus animales de pastoreo o caza y los ciclos de fuegos culturales. Pero el codesar se aclara cuando hay fuertes desniveles que dificultan su asentamiento, y desaparece en las paredes rocosas. En éstas vive una rica flora fisurícola que incluye rarezas de las cumbres canarias como Bencomia exstipulata en grave peligro de extinción en los años noventa del siglo pasado al quedar, en todo, el mundo nada más que 20 ejemplares en La Palma y 40 en Tenerife. Se ha comprobado que vivía acantonada en esos ambientes como último refugio, aunque su hábitat normal fuese el sotobosque de los pinares de cotas altas o del matorral de alta montaña en orientaciones cálidas. 

En las cumbres observamos que muchas plantas adoptan forma semiesférica y se aplastan fuertemente contra el terreno. Ofrecen así menos resistencia al viento y aíslan su zona interna de las temperaturas desfavorables del exterior. Codeso, retamón, retama, crespa, tomillo, pampillo, violeta, pajonera, alhelí y otras adoptan este diseño.

Otra estrategia de las plantas en este medio consiste en recubrirse con una densa pilosidad blanquecina. Con ella evitan pérdidas de agua por transpiración y se protegen de la intensa radiación solar. Poseen dicha adaptación el retamón, la crespa, la tonática, el tajinaste rosado, el tomillo, los tolpis y algunas más. También se consigue esta protección a base de gruesas cutículas bien provistas de ceras como sucede en las bencomias, la retama, el pampillo o los tajinastes azules genciana. 

Donde el agua está disponible de forma permanente, la flora se diversifica y se hace más exuberante. Barrancos, nacientes y riscos rezumantes se pueblan con gran número de plantas amantes de la humedad, algunas típicas de la laurisilva canaria como la faya, el brezo, el viñátigo, el follao, el algaritofe o la woodwardia, elegante helecho de frondes gigantes.

Los lechos de los barrancos son lugares apreciados por el sauce canario, árbol autóctono de pequeño porte, ramas flexibles y hoja caediza. Resiste las grandes avenidas invernales y, si queda afectado, vuelve a brotar con vigor. 

En el parque se han introducido diversas plantas, algunas intencionadamente, y otras de forma involuntaria. Se observan en las áreas cultivadas, bordes de caminos y lugares frecuentados por el ganado. De especies introducidas de forma involuntaria, algunas se comportan de forma invasiva, extendiéndose y compitiendo con ventaja con la vegetación autóctona. Este es el caso del haragán Ageratina adenophora, de origen mejicano, que ha colonizado todas las zonas húmedas del parque, excepto en las cumbres. 

Los animales de las islas Canarias, surgidas del fondo del mar y sin conexión con los continentes, tuvieron dificultades para colonizar estos territorios insulares. Por ello, las aves son los vertebrados autóctonos mejor representados en el parque, a pesar de que éste sólo acoge una veintena de especies. Le sigue en número, las tres especies de mamíferos voladores o murciélagos y las dos especies de reptiles dos. 

Ni anfibios ni otros mamíferos terrestres pudieron llegar a la isla por sus propios medios. Algunos han sido asilvestrados tras el traslado del hombre. Aunque menor diversidad, esta es de sumo interés, ya que algunas especies son endémicos de la Isla, es decir exclusivos de ésta, y otras lo son de las Canarias o de la Región Macaronésica (Islas Canarias, Azores, Madeira, Salvajes y Cabo Verde). El aislamiento de especies en estos territorios los ha hecho evolucionar en condiciones ambientales particulares dando lugar a una fauna propia, diferenciada de la europea y africana que le dieron origen.

Las aves: destaca por su singularidad la paloma rabiche, endemismo canario ligado desde tiempos remotos a los bosques de laurisilva. Vive en los barrancos húmedos, nidificando en el suelo donde, en cada puesta, cría un solo pichón. Se le reconoce bien por su gran tamaño, cola blanca y un ruidoso batir de alas. 

El canario, el vencejo unicolor y la bisbita caminero son frecuentes en el parque nacional, son aves exclusivas de la Región Macaronésica. El canario, llamado localmente «pico rombo», forma alegres bandadas que recorren el monte cantando sin cesar. A partir de él se han seleccionado variedades del popular canario doméstico. Al vencejo unicolor se le ve siempre surcando el aire a gran velocidad ya que nunca se posa en los árboles o en el suelo. A la bisbita caminero le ocurre lo contrario, le gusta poco volar y más corretear tras los pequeños insectos que le salen al paso. 

Las restantes especies de aves, se distribuyen también entre Europa y África, pero casi todas ellas muestran diferencias apreciables al compararlas con las poblaciones continentales, por ello se las considera subespecies. Destaca la evolución experimentada por el pinzón y el herrerillo que han originado varias estirpes dentro del archipiélago. De ambos, las razas palmeras exhiben color, tamaño y canto particulares. 

El ave más abundante es la graja, córvido negro con pico y patas rojas, agrupada en bulliciosos bandos. Originaria de África y Europa, sólo ha ocupado La Palma del total de las Islas Canarias, aunque otras islas parecen tener ambientes adecuados para ella. Es también fácil identificar el cernícalo, inmóvil en el cielo acechando sus presas. Cría al igual que la graja en los riscos del parque.

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