Cuando se piensa en desertificación, la imagen más popular que viene a la cabeza es la de un infinito desierto, que avanza sobre tierras secas debido a condiciones climáticas adversas. No obstante, la desertificación es un proceso más complejo e involucra tanto factores climáticos (sequías, incrementos de aridez) como humanos (intensificación de cultivo, abandono del territorio, sobreexplotación de recursos hídricos…), que afecta a un gran número de países de todo el mundo.
Tal y como define el artículo 1 de la Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación (en adelante CNULD), la desertificación se trata de “la degradación de las tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, resultantes de diversos factores, tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas”.
Esta definición establece el marco conceptual y geográfico para afrontar este reto al que se enfrentan los Estados que forman parte de la CNULD. No obstante, se complementa esta definición con otras, también incluidas en la Convención, como son:
En definitiva, la desertificación se considera una disminución de los niveles de productividad de los ecosistemas terrestres, como resultado de su sobreexplotación o uso y gestión inapropiados en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas. A estos factores se suma el cambio climático, cuyas manifestaciones, como el incremento en la frecuencia e intensidad de las sequías y el aumento de las temperaturas intensifican el proceso de desertificación.
Según la definición de la CNULD, las zonas susceptibles de sufrir desertificación son las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, es decir, aquellas zonas en las que el índice de aridez (proporción entre la precipitación y la evapotranspiración potencial anual media) está comprendido entre 0,05 y 0,65.
Así, la evapotranspiración potencial es la tasa máxima de agua que sería transferida a la atmósfera por evaporación desde el suelo y por transpiración de la vegetación, calculada bajo condiciones de disponibilidad ilimitada de agua, que permita un crecimiento vegetal óptimo bajo unas condiciones meteorológicas determinadas (radiación, temperatura, humedad y viento). Este concepto resalta la relación entre la cantidad de agua que se pierde a la atmósfera por estos procesos y la disponibilidad de recursos hídricos, lo que es crucial en los contextos de degradación de las tierras y manejo de ecosistemas en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas.
En España amplias zonas de nuestra geografía son susceptibles de verse afectadas por la desertificación, ya que casi las tres cuartas partes del territorio español pertenecen a las categorías de zonas áridas, semiáridas o subhúmedas secas.
La aridez es una de las principales causas de vulnerabilidad de las tierras frente a los agentes de su degradación, pues determina ciertas características del territorio tales como una cobertura vegetal poco densa que no protege suficientemente el suelo frente a los fenómenos torrenciales (que lo hacen más susceptible a los procesos de erosión, entre otros) o el uso de sistemas agrícolas de regadío no sostenibles (que conlleva en muchos casos la sobreexplotación de acuíferos o problemas de salinización).
Es importante destacar que, mientras la aridez es una característica estructural natural, la desertificación es un proceso de degradación de las tierras que requiere la intervención del factor humano. Si bien la aridez puede actuar como un factor que impulsa la desertificación, no son conceptos equivalentes.
Figura 1: Cambios espaciales de la aridez climática en España (1961–2020). Transición de clases de aridez entre los dos periodos normales, 1961-1990 y 1991-2020, a escala anual: mapas de clases del índice de aridez para cada periodo, y las áreas que cambiaron a clases más húmedas y más áridas (en color gris se indican las áreas sin cambios), y diagramas de Sankey mostrando las transiciones de clases entre los dos periodos (son etiquetadas solamente aquellas que afectan a más del 1% del territorio), para a) la España peninsular y b) las Islas Canarias. Fuente: Beguería, S., Trullenque Blanco, V., Vicente Serrano, S. M., y González Hidalgo, J. C. (2025).
La Estrategia Nacional de Lucha contra la Desertificación (ENLD) elabora un diagnóstico de la desertificación en España con el propósito de identificar los principales impulsores de la desertificación en nuestro país (causas directas e indirectas) y evaluar sus impactos sobre el estado de conservación de las tierras. Este diagnóstico apoya la toma de decisiones en la planificación, diseño y priorización en la ejecución de las medidas de lucha contra la desertificación.
La desertificación involucra interacciones socio-ecosistémicas complejas que dificultan su evaluación y seguimiento. Por ello, la ENLD propone la utilización del enfoque denominado “convergencia de evidencias”, fundamentado en la identificación de aquellos puntos donde la concurrencia de distintos procesos y presiones pueden indicar una potencial degradación de las tierras, como consecuencia de la degradación de la cubierta vegetal, el suelo y los recursos hídricos.
Esta identificación se apoya en un conjunto de indicadores que informan sobre las causas directas e indirectas de la desertificación (impulsores), así como de los impactos que provoca la desertificación sobre los recursos de las tierras (vegetación, suelo y agua).
La siguiente figura muestra las interacciones existentes entre los impulsores de la desertificación e ilustra la complejidad de realizar un diagnóstico de la desertificación.
Figura 2: Impulsores de la desertificación. Fuente: Elaboración propia
Los indicadores para identificar los impactos en la degradación de las tierras son variados y abarcan múltiples aspectos. La selección de indicadores específicos depende del contexto local o regional y los objetivos de la evaluación.
La degradación de la cubierta vegetal, del suelo y de los recursos hídricos están intrínsecamente interconectadas, formando un ciclo de retroalimentación negativa que acelera los procesos de degradación de las tierras. Por ejemplo, cuando la vegetación se reduce, ya sea por incendios forestales, sobrepastoreo o prácticas agrícolas insostenibles, el suelo queda expuesto a la erosión. Asimismo, esta pérdida de suelo disminuye la capacidad para retener humedad y nutrientes, lo que a su vez dificulta el crecimiento de nueva vegetación. Este conjunto de procesos interrelacionados, entre otros, conduce a una degradación acelerada de las tierras, disminuyendo su productividad y resiliencia ecológica, amenazando la biodiversidad y los servicios ecosistémicos esenciales para el bienestar humano.
Seguidamente se presenta una figura que permite ver como todos los impactos se relacionan entre sí:
Figura 3. Impactos de la desertificación. Fuente: Elaboración propia.
Además, el Programa de Acción Nacional contra la Desertificación (PAND), aprobado en 2008, realizó una identificación de los distintos “paisajes o escenarios de la desertificación en España”, entendidos como aquellas zonas o usos del suelo en los que era más probable que se produjesen fenómenos de desertificación. Estos escenarios han evolucionado desde entonces, fundamentalmente por causas socioeconómicas, pero también por otros motores, como el cambio en las condiciones del clima, dando lugar a la aparición de nuevos escenarios o a la desaparición de algunos.
Con base en el análisis realizado de las causas e impactos de la desertificación, la ENLD identifica como principales escenarios los siguientes:
Este escenario se centra en las tierras cultivadas que presentan una mayor problemática de erosión hídrica laminar y en regueros. Son particularmente propensos a la erosión los cultivos leñosos y herbáceos de secano sobre terrenos con pendientes de moderadas a pronunciadas y donde no se han implementado prácticas de conservación del suelo.
Las tendencias de expansión e intensificación de cultivos leñosos permanentes sobre zonas marginales y sobre zonas de cultivo anual en paisajes en pendiente, podrían agravar la problemática en los casos de establecimiento sobre terrenos con alto riesgo de erosión potencial y/o alta fragilidad. Cabe destacar que no toda la expansión ocurre en zonas marginales; por ejemplo, el cambio de cereal a cultivo leñoso conlleva un mayor laboreo del suelo y períodos más prolongados en los que este permanece desnudo, si no se implementan medidas de conservación adecuadas.
Figura 4. Cultivos afectados por la erosión. Fuente: Elaboración propia.
La revisión de los planes hidrológicos confirma que, salvo las demarcaciones Cantábrica, Galicia-Costa y Miño-Sil, todas las cuencas de España experimentan cierto grado de estrés hídrico. La falta de implementación de buenas prácticas agrícolas en las zonas de regadío ha ocasionado un grave deterioro del estado, tanto cuantitativo como cualitativo, de las masas de agua superficiales y subterráneas.
Esta situación ha impactado negativamente en los ecosistemas y recursos naturales dependientes de esas masas de agua, presentando un escenario muy difícil de revertir a pesar de los esfuerzos realizados. Este deterioro se debe principalmente a la contaminación por fuentes difusas, como los nitratos, y la sobreexplotación continua de los recursos hídricos.
Figura 5. Cultivos de regadío sometidos a procesos de desertificación. Fuente: Elaboración propia.
Durante las últimas décadas se ha producido en España un proceso de intensificación insostenible de la ganadería con una progresiva desvinculación de los recursos de las tierras, incrementándose el número de explotaciones ganaderas sin base territorial de uso intensivo, todo ello favorecido por factores geopolíticos y económicos. Estos sistemas conllevan impactos muy variados, como la contaminación de las aguas subterráneas y la presión sobre los recursos hídricos, o la externalización del impacto sobre los recursos, como la deforestación y otros cambios de uso del suelo en otros países o ecosistemas distantes, desde las que se importan materias primas.
Esta intensificación de la ganadería provoca el abandono de los sistemas en extensivo y la pérdida de sus paisajes asociados, como las dehesas, así como procesos de matorralización, que alteran el paisaje y conllevan un aumento de la biomasa vegetal, incrementando considerablemente el riesgo de incendios forestales, y la pérdida de la contribución de la ganadería a la conservación de la biodiversidad o el almacenamiento de carbono en los suelos.
Figura 6. Paisajes afectados por la intensificación insostenible de la ganadería y el declive de la ganadería extensiva. Fuente: Elaboración propia.
El abandono de las tierras es un paisaje peculiar de desertificación, puesto que no está vinculado a la sobreexplotación de un recurso sino a su infrautilización, es decir, a la falta de mantenimiento de un territorio adaptado históricamente a la intervención humana.
La despoblación, el envejecimiento de la población y la falta de relevo generacional, así como el abandono de prácticas de conservación de suelos o la colonización por la vegetación (que aumenta el riesgo de incendios forestales), son elementos que interactúan entre sí con resultados de distinto signo e intensidad sobre la degradación de las tierras y, en general, en la pérdida de servicios ecosistémicos.
Figura 7. Paisajes vinculados al abandono de tierras agrícolas. Fuente: Elaboración propia.
El abandono de los usos y aprovechamientos tradicionales del monte y la ausencia de una gestión forestal sostenible adaptada a las características de cada monte, producen un conjunto de efectos negativos relacionados con los procesos de degradación, mayoritariamente asociados al incremento de biomasa forestal, ya que la acumulación excesiva de vegetación puede desencadenar múltiples problemas: decaimiento por exceso de competencia arbórea; reducción del crecimiento y de la resistencia a plagas y enfermedades; incremento del riesgo de propagación de incendio forestal; disminución de la capacidad de absorción de carbono, y reducción de la capacidad de adaptación y mitigación al cambio climático.
Figura 8. Ecosistemas forestales en riesgo de degradación por ausencia o insuficiencia de gestión. Fuente: Elaboración propia.
La desertificación representa un desafío significativo tanto a nivel mundial como nacional, afectando negativamente la biodiversidad y la seguridad alimentaria e hídrica de millones de personas. La transformación de los ecosistemas y la presión sobre los recursos naturales han llevado a una creciente preocupación por la degradación de las tierras. En este contexto, es fundamental adoptar enfoques integrales y sostenibles que fomenten la restauración de los territorios y la gestión responsable de los recursos. La colaboración entre gobiernos, comunidades y organizaciones es esencial para abordar este problema de manera efectiva, garantizando un futuro más resiliente y sostenible para las generaciones venideras.